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México 70: el Mundial que se vivió como una fiesta del mundo

Entrevista a Giovanni Ramírez Granda

¿Cuántos años tenía cuando decidió viajar al Mundial de México 1970?

Tenía 23 años de edad. Fue una experiencia magnífica porque, desde el hotel donde llegué en la Ciudad de México, había personas de diferentes países del mundo. Tuve una convivencia armónica con gente de Brasil, Italia, Alemania y de muchos otros lugares.

En definitiva, fue una fiesta. Considero que el Mundial de México fue uno de los mejores mundiales. Además, México es un país con una infraestructura turística muy buena, con sitios muy bonitos y balnearios de primer orden mundial. Fue una fiesta que siempre recuerdo.

¿Cómo nació la idea de ir al Mundial de México 1970?

A mí siempre me ha gustado el fútbol. Recuerdo que muchos años atrás, cuando se dio el Mundial de Chile 1962, mi primo Edgar Puyol, que también era mi padrino, quiso llevarme. Él me pagaba todos los gastos, pero lamentablemente sus amigos no estuvieron de acuerdo porque yo tenía unos 14 o 15 años y ellos pensaban que, por mi edad, podían tener problemas para entrar conmigo a ciertos lugares.

Desde entonces me quedó ese deseo. El fútbol me ha gustado toda la vida y, en definitiva, qué bueno que fue México 70, porque ese Mundial fue algo grandioso para mí.

¿Era común que un ecuatoriano viajara a un Mundial en esa época?

Para un Mundial de fútbol llega gente de todo el mundo, especialmente de los países cuyos equipos participan. Pero también es una fiesta universal.

Yo fui con todo programado. Sabía a qué hotel iba a llegar, tenía comprado el abono de los partidos y contaba con una localidad muy buena. Compré el paquete completo. Además, México era un país preparado para el turismo.

Yo viajé solo, aunque estaba en contacto con algunos amigos mayores que también iban al Mundial. Ellos mismos me recomendaron hospedarme en un hotel en la Calzada de Tlalpan, un sitio muy concurrido, con todas las comodidades, bancos, transporte y facilidades.

¿Cómo reunió los recursos económicos para viajar?

Yo trabajo desde que salí del colegio, desde que terminé la secundaria. En ese momento ya estaba en cuarto año de universidad. Si quería ir al Mundial, con tiempo fui guardando plata.

Me fui con las entradas compradas, los pasajes de ida y vuelta, y el dinero suficiente para todos los gastos. No solamente pude estar en Ciudad de México; también fui a Acapulco y a otras ciudades, en grupo, con amigos que hice de diferentes países y que estaban hospedados en el mismo hotel.

¿Qué le dijeron sus familiares cuando supieron que viajaría?

Mi mamá siempre fue mi primera aliada. Fue una mujer extraordinaria. Cuando yo estaba en México viendo los partidos, ella se instalaba frente al televisor para verlos también.

Sus amigas se sorprendían porque mi mamá estaba al día. Hablaba de los partidos, de Brasil, de Pelé. Ella estaba pendiente porque tenía hijos jóvenes y porque yo estaba en el Mundial.

¿Cuánto tiempo le tomó planificar el viaje?

Unos seis meses antes comencé a guardar dinero. No tuve que endeudarme. Prácticamente me fui con el abono completo de todos los partidos comprado desde Ecuador.

Sabía a qué hotel iba a llegar, en la Calzada de Tlalpan, una avenida famosa en México. Además, el metro estaba recién inaugurado y para mí, como ecuatoriano, fue una experiencia conocer ese nivel de modernismo y facilidad de movilización.

¿Qué significaba el fútbol para usted en esa etapa de su vida?

El fútbol no es solamente practicar un deporte. El fútbol atrae multitudes, une a la gente. Cuando uno conoce de fútbol, vive los partidos, sufre o goza con lo que pasa en cada uno de ellos.

Uno escucha cosas buenas del fútbol italiano, del fútbol brasileño, del fútbol de cada país. Es una vivencia.

¿Cuál fue su primera impresión al llegar a México?

México era una ciudad inmensa, con millones de habitantes y una infraestructura turística sorprendente. Ya estaba funcionando el metro, algo que yo en Ecuador no conocía.

Además, México fomenta el turismo y lo explota a todo nivel. Acapulco era un balneario fuera de serie, lleno de gente de todo el mundo. También promocionaban mucho su cultura azteca, con mucho orgullo.

¿Qué diferencias encontró entre México y Ecuador?

La comparación no tiene mucho sentido porque México es inmenso. Ciudad de México era ya una ciudad gigantesca y Acapulco era un balneario mundial.

Pero la población latina se parece en muchas cosas. Compartimos idioma, costumbres y religión. México, sin embargo, tenía muy presente su cultura azteca y la mostraba con orgullo al mundo, junto con los adelantos del modernismo.

¿Cómo era el ambiente en las calles los días de partido?

La experiencia empezaba desde la misma calle donde estaba hospedado. El hotel quedaba en la Calzada de Tlalpan, una avenida inmensa por la que se llegaba hasta el Estadio Azteca.

Imagínense una ciudad grande, con gente de todo el mundo, viviendo el fútbol. Era una fiesta permanente.

¿Cuál fue el partido que más recuerda?

Recuerdo todos los partidos, pero uno que quedó para la historia fue Italia contra Alemania. Fue un partido muy peleado. Ahí me enteré de la gran competencia futbolística que existía entre esos dos países europeos.

Ese partido prácticamente se me quedó para la historia. Vi jugar a Franz Beckenbauer, a Luigi Riva y a muchos jugadores que quedaron en la memoria del fútbol mundial.

¿Cuántos partidos vio durante el Mundial?

Creo que vi unos seis o siete partidos. Tuve la oportunidad de ver grandes encuentros y también de ver jugar a Pelé.


¿Qué impresión le causó ver jugar a Pelé?

Pelé era un ídolo. Era una vivencia verlo jugar. Además, era un caballero, un señor. Tenía la sonrisa a flor de labio. Cuando salía escoltado, todo el mundo lo llamaba y él tenía un carisma increíble.

Fue un gran ser humano. Su fama no era solamente por ser un gran jugador, sino también por ser una gran persona.

¿Cómo se vivió la final entre Brasil e Italia?

Desde la víspera no se hablaba de otra cosa en la Ciudad de México. Era la final del Mundial: Brasil contra Italia. Había gente de todo el mundo por todos lados.

A mí me hacía gracia porque tengo un nombre muy característico de Italia. Me decían Giovanni y algunos italianos me reclamaban por qué hacía barra a otro país. Pero todo era parte de la fiesta. En un Mundial uno se encuentra con gente de diferentes países y todos están con ánimo de divertirse.

¿Conserva recuerdos o fotografías de ese viaje?

Dentro del estadio no tengo fotos, pero sí tengo fotos de México. También tuve la oportunidad de conocer Acapulco, que en esa época era un balneario extraordinario, muy visitado por artistas de cine y turistas de todo el mundo.

¿Cuál fue una anécdota divertida de ese Mundial?

Me hacía gracia que algunos italianos pensaran que yo era italiano. En la final Brasil-Italia, algunos se acercaban a reclamarme por qué le hacía barra a Brasil y no a Italia. Yo nunca había pensado que tenía una cara tan italiana.

¿Hizo amistades durante su estadía?

Sí. Estuve en contacto con Arturo Roca, un amigo de Ecuador casado con una dama mexicana, que vivía en Los Ángeles y estuvo en el Mundial. Él y su familia se portaron muy bien conmigo. Me dieron instrucciones sobre cómo manejarme en un ambiente tan grande, con gente de todo el mundo.

También hice grupos con personas de diferentes países para ir al estadio, a Acapulco y a otros lugares. Era una experiencia muy buena convivir con italianos, brasileños, ingleses, alemanes y gente de tantos lados.

¿Qué recuerdo personal guarda con más fuerza?

Para mí fue una experiencia grande porque tenía 23 años y me tocó convivir con personas de muchos países. Uno aprende de cada persona.

En el hotel había gente de todo el mundo. Salíamos en grupo al estadio, a pasear, a conocer. Yo era un muchacho joven, pero me conduje con madurez y siempre tuve también el cuidado de personas mayores que me orientaban.

¿Qué hace especial a México 70 frente a otros mundiales?

Ese Mundial fue excelente a nivel futbolístico. Allí se dio un partido que quedó para la historia: Italia contra Alemania. Fue como si fuera una final, por la rivalidad que existía entre ambos países.

Lo bonito era ver una competencia fuerte, pero con respeto mutuo. Había caballerosidad entre dos equipos que se respetaban.

¿Qué lecciones personales le dejó esa vivencia?

Me dejó la experiencia de tratar con personas de muchos países. En un viaje así uno aprende cómo actúan los ingleses, los italianos, los brasileños, los alemanes, los holandeses.

Hay buenas y malas personas en todos lados, pero en definitiva fue una experiencia satisfactoria porque uno aprende a convivir y a entender distintas formas de pensar.

¿Por qué considera que esta historia debe recordarse hoy?

Porque para mí fue una experiencia muy importante. Yo tenía 23 años y me tocó convivir con personas de diferentes países del mundo. De cada persona uno aprende.

Un Mundial no es solamente fútbol. Es una convivencia internacional. Es compartir con gente distinta, viajar, conocer, aprender y vivir una fiesta deportiva.

¿Qué mensaje daría a las nuevas generaciones que sueñan con ir a un Mundial?

Que vayan. Que hagan lo posible por ir. Cuando uno quiere ir a un Mundial, debe prepararse con tiempo, ahorrar poco a poco, comprar sus abonos, prever los pasajes y calcular los gastos.

También hay que averiguar bien los costos porque uno puede encontrarse con sorpresas. Pero vale la pena. Es una experiencia excelente.

Si pudiera regresar a México 70, ¿a qué momento volvería?

Volvería al partido entre Italia y Alemania. Nunca he visto vibrar tanto un estadio. Eran dos países europeos con una rivalidad histórica y se vivió de una forma extraordinaria.

Fue un partido fuera de serie. La atención estaba puesta en ese encuentro y las entradas se habían acabado. Yo no tuve problema porque viajé con mi abono comprado.

Si tuviera que resumir México 70 en una sola frase, ¿cuál sería?

Fue un Mundial extraordinario.